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Therians y burbujas: síntomas de un mundo en decadencia

En tiempos de confusión política, polarización extrema y desencanto colectivo, surgen fenómenos culturales que muchos observan con desconcierto. Entre ellos, los llamados therians: jóvenes, y no tan jóvenes, que expresan una identificación profunda con la naturaleza animal y que, en algunos casos, construyen comunidades digitales donde recrean una identidad alternativa. Más allá del juicio superficial, conviene preguntarnos: ¿son ellos el problema o son el síntoma?

La decadencia no aparece de repente; es el resultado de un largo proceso de deterioro ético, político y espiritual. Cuando las instituciones pierden legitimidad, cuando la guerra se convierte en instrumento habitual de la diplomacia y cuando el consumo sustituye al sentido, la sociedad comienza a fracturarse. En ese contexto, no sorprende que algunos opten por “tejer burbujas”, espacios simbólicos de protección frente a un mundo que perciben como hostil o vacío.

Occidente, cuna de la modernidad, parece debatirse entre el progreso técnico y la regresión moral. Mientras se perfeccionan los algoritmos, también se perfeccionan los arsenales. Mientras se habla de derechos humanos, se multiplican los conflictos. Es la paradoja de una civilización que dejó atrás la caverna, pero no logró superar del todo su sombra.

En contraste, muchas voces del Sur global, y de otros pueblos del planeta, insisten en otra ruta, despojarse de lo superfluo, reconciliarse con la naturaleza y construir sociedades menos centradas en la acumulación y más orientadas a la convivencia.

Ya lo advertía Jean-Jacques Rousseau, el ser humano es bueno por naturaleza; es la sociedad la que lo corrompe. En cambio, la tradición realista de Niccolò Machiavelli desconfía de esa bondad y apuesta por el poder como principio organizador. La tensión entre ambas visiones atraviesa nuestra historia y explica buena parte de nuestros conflictos actuales.

Quizás los therians, más que una excentricidad, representen una metáfora contemporánea: el deseo de regresar a lo esencial, de escapar, aunque sea simbólicamente, del ruido y la violencia estructural. ¿Es una solución? Probablemente no. Pero sí es un mensaje.

Porque incluso en medio del deterioro, la utopía no ha muerto. La humanidad profunda, aquella que anhela justicia, armonía y dignidad, sigue latiendo bajo la superficie. Si algo enseña la historia es que las épocas más oscuras también han precedido a los amaneceres más luminosos.

No desmayemos. El mundo posible todavía está en construcción.