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Evaluación de desempeño: la paradoja del mérito en la educación dominicana

Por: José Mercedes Jáquez Polanco, MSc.

Evaluar debe ser un acto de justicia. Medir el desempeño, en su sentido más noble, no es asustar, someter o castigar; por el contrario, evaluar es comprender, valorar y reconocer; no es presionar, sino orientar y facilitar.

Sin embargo, sin pretender juzgar si los episodios recientes responden a negligencias, fallas del sistema o circunstancias imprevistas (porque no es ese el propósito de esta reflexión), lo cierto es que, desde la experiencia acumulada de los procesos de evaluación de desempeño, estos han tendido a convertirse en vivencias marcadas por la incertidumbre, la tensión y el desgaste emocional. No por la evaluación en sí, sino por la manera en que se comunica, se organiza y se ejecuta.

Hoy, docentes, directivos, orientadores y psicólogos amanecieron con una expectativa clara: debían presentarse a una fase importante de su evaluación de desempeño, sin embargo… el resultado fue el mismo de siempre: desorden, estrés, ansiedad, desconcierto. Y aquí surge la pregunta que incomoda: ¿por qué un proceso que debería fortalecer la educación termina afectando emocionalmente a quienes la sostienen?

Desde la filosofía, evaluar implica un acto ético. Aristóteles nos recuerda que la justicia consiste en dar a cada quien lo que le corresponde. Pero no hay justicia posible cuando se exige claridad desde la sombra, ni cuando se demanda excelencia desde la improvisación. La evaluación pierde su sentido cuando se aleja de la equidad y de las condiciones reales en las que se ejerce la docencia.

No se trata únicamente de una plataforma que falla o de un aviso que no llega a tiempo; se trata de una lógica que se repite: procesos que se anuncian tarde, decisiones que se comunican sin previsión, y actores educativos que deben reorganizar su vida (personal, familiar y profesional) en cuestión de horas. El docente no solo enseña; también espera, se ajusta, se inquieta… y ese estado emocional se desgasta.

Immanuel Kant sostenía que el ser humano debe ser tratado siempre como un fin en sí mismo y nunca como un medio. Sin embargo, cuando los procesos institucionales no consideran el impacto humano de sus decisiones, el docente termina siendo tratado como un medio para cumplir con un cronograma, una meta o una narrativa de gestión.

La evaluación, en este contexto, deja de ser pedagógica y se convierte en una experiencia emocionalmente costosa: genera ansiedad, altera rutinas, afecta la estabilidad y, en muchos casos, trasciende el ámbito laboral para impactar el entorno familiar.

Porque el docente no es solo un profesional: es una persona que vive, que siente, que se preocupa, que organiza su vida alrededor de su trabajo.
Y aquí aparece otra de nuestras grandes paradojas: un ministerio llamado a ser modelo de organización educativa que, en ocasiones (reiteradas), reproduce dinámicas de desorganización; una institución que exige planificación, pero actúa desde la urgencia (no es casual la ya habitual la frase en los distritos “esto es para ayer”).

Creo firmemente que la relación entre el Ministerio de Educación y los docentes no puede sostenerse sobre la desconfianza o la improvisación; debe construirse desde el respeto, la comunicación efectiva y el cuidado del estado emocional de quienes sostienen el sistema educativo. Porque un docente en tensión no enseña igual, un docente ansioso no acompaña igual, un docente en incertidumbre no construye el mismo ambiente de aprendizaje. Paulo Freire advertía que la educación es, ante todo, un acto profundamente humano que requiere diálogo, respeto y reconocimiento del otro. Cuando estos elementos se pierden, lo que queda no es educación, sino simple cumplimiento.

Evaluar no debería ser una experiencia que se teme o que genere estrés, sino una oportunidad que se valora; no debería generar angustia, sino confianza; no debería desorganizar la vida del docente, sino acompañar su desarrollo profesional. John Dewey planteaba que la educación es un proceso continuo de reconstrucción de la experiencia. Bajo esta mirada, la evaluación debería ser parte de esa reconstrucción, no un quiebre emocional en el proceso.

Como educador, estoy convencido de que el problema no es la evaluación, sino la forma en que la concebimos y la ejecutamos. Y en medio de todo, se nos escapa lo esencial: la educación no es un sistema de procesos, es un sistema de personas. Si queremos una educación de calidad, necesitamos docentes emocionalmente estables, respetados y acompañados. Necesitamos instituciones que comuniquen con claridad, que planifiquen con responsabilidad y que ejecuten con coherencia. Porque al final, la gran pregunta no es si debemos evaluar a los docentes; la verdadera pregunta es otra, más profunda y más urgente: ¿Estamos evaluando para mejorar la educación… o estamos evaluando sin comprender y, peor aún, sin cuidar a quienes la hacen posible?