La educación que ninguna evaluación logra medir
Mientras el país vuelve a girar alrededor de la llamada evaluación de desempeño docente, resurgen debates, tensiones, expectativas y temores. Algunos la defienden como mecanismo necesario para garantizar calidad, reconocer méritos y establecer incentivos; otros la observan con cansancio, incertidumbre o desconfianza. Y aunque resulta legítimo evaluar, porque toda práctica profesional necesita revisión, mejora y responsabilidad, hay una pregunta mucho más profunda que casi nunca se coloca en el centro de la discusión pública: ¿qué parte esencial del acto de educar nunca podrá ser plenamente evaluada?
Porque enseñar no es simplemente demostrar dominio curricular, presentar una planificación, ejecutar una secuencia didáctica o desarrollar una clase correctamente estructurada. Enseñar es trabajar con seres humanos y, lo humano, por su complejidad, por su dolor, por su esperanza y por su misterio, nunca cabe por completo dentro de los instrumentos técnicos del sistema.
La evaluación puede valorar conocimientos, estrategias, recursos, metodologías, manejo del aula, cumplimiento de procesos, observar el inicio, el desarrollo y el cierre de una clase… pero difícilmente podrá mirar en su justa dimensión la vida diaria del maestro: lo que hace cuando nadie lo observa, lo que entrega cuando no hay formularios, lo que sacrifica cuando no hay incentivo inmediato. Y ahí aparece uno de los grandes límites de toda evaluación: puede medir lo que se muestra, pero no siempre lo que se es; puede capturar un momento, pero no necesariamente una trayectoria; puede observar una clase, pero no siempre la actitud mantenida durante todo el año escolar.
Pero también ocurre, y es doloroso, que hay maestros grandes, maestros verdaderos, maestros que se dan por completo, que cargan la escuela sobre sus hombros, que dan la milla extra todos los días, y que en un proceso evaluativo pueden terminar mal valorados por nervios, por circunstancias, por fallas del instrumento, por un mal momento o por la incapacidad del sistema para comprender la totalidad de su entrega. No existe instrumento capaz de medir cuántas noches un maestro pierde preparando clases mientras el resto duerme, ningún formulario registra las madrugadas de aquellos docentes que salen antes del amanecer para llegar a escuelas lejanas, maestros que cruzan ríos, recorren caminos difíciles, suben montañas o viajan largas distancias para sostener centros educativos que muchas veces sobreviven más por vocación que por respaldo institucional.
Tampoco aparece en los informes el docente que tuvo que migrar a otro pueblo dejando hijos, familia y raíces para poder trabajar; el maestro que regresa entrada la noche luego de una jornada agotadora; el que pone dinero de su bolsillo para una actividad; el que compra materiales, resuelve meriendas, busca uniformes, escucha silencios y carga problemas que no son suyos, pero que terminan siendo su responsabilidad moral… Porque muchas veces el maestro no solo enseña contenidos, también sostiene vidas.
Hay docentes que trabajan con estudiantes marcados por abandono, violencia, hambre, ansiedad, tristeza o desinterés familiar. Hay maestros que terminan siendo figura paterna o materna de niños que tienen padres biológicos, pero no presencia afectiva. Hay educadores que corrigen, acompañan, orientan, escuchan y abrazan con palabras a estudiantes que llegan al aula emocionalmente rotos… Nada de eso aparece suficientemente en la evaluación.
Martin Heidegger comprendió que el ser humano no puede reducirse a una función técnica, porque existir es estar arrojado al mundo con angustias, búsquedas, heridas y posibilidades. La educación trabaja precisamente con esa existencia concreta. No trabaja con piezas administrativas ni con objetos estadísticos, trabaja con sujetos humanos, con historias, con dolores, con sueños y con miedos. Sin embargo, el Estado moderno suele quedarse en la superficie de la medición, le importan los programas, los procedimientos, las evidencias, el inicio, el desarrollo y el cierre de la planificación. Pero muchas veces le importa poco el sujeto, y menos el maestro que se desgasta o el estudiante que se quiebra, ni la vida concreta que ocurre dentro del aula.
Max Weber habló de la “jaula de hierro” de la burocracia para referirse a esa racionalidad moderna que organiza, clasifica y controla, pero que puede terminar vaciando de sentido lo humano. Algo parecido amenaza hoy a la educación: el sistema mide, supervisa, tabula y clasifica, pero no siempre comprende… porque enseñar también es resistir emocionalmente. Hay maestros que enseñan mientras enfrentan ansiedad, enfermedades, duelos, problemas familiares o dificultades económicas. Hay docentes que, aun cansados, logran convertir una clase en una experiencia de inspiración. Maestros artistas, artesanos de la palabra, capaces de transformar una pizarra sencilla en esperanza, despiertan sueños, devuelven autoestima, enseñan a pensar en medio de una sociedad dominada por la prisa, la superficialidad y el vacío, forman carácter donde otros solo ven indisciplina o siembran sentido donde otros solo ven fracaso, y… ¿Cómo se mide eso?... Tal vez no se pueda.
Pero también sería irresponsable romantizar el ejercicio docente y negar sus contradicciones. Así como existen maestros profundamente comprometidos, también existen docentes con buena formación académica, capaces de demostrar competencias en una evaluación, pero que en su labor diaria muestran apatía, tardanzas, desinterés por la realidad de sus estudiantes, débil identidad institucional y escasa sensibilidad frente al dolor humano que atraviesa el aula.
Hay quienes se preparan para ser evaluados, pero no necesariamente para servir cada día. Hay quienes dominan el discurso pedagógico, pero han perdido la pasión, quienes cumplen frente al observador, pero se ausentan emocionalmente frente a sus estudiantes. Y esa incoherencia también debe ser nombrada, porque educar no es actuar bien un día, es sostener una ética cotidiana. Paulo Freire recordaba que enseñar no es transferir conocimientos, sino crear posibilidades para la construcción del ser humano; pero construir humanidad exige presencia, vocación, coherencia, identidad institucional y compromiso con el otro.
Byung-Chul Han ha señalado que nuestra época ha convertido al sujeto en una máquina de rendimiento. Bajo esa lógica, valemos por lo que producimos, mostramos y evidenciamos. El riesgo es que esa misma lógica invada la escuela y convierta al maestro en un objeto de evaluación más que en un sujeto de sentido. Por eso, evaluar es necesario, pero no suficiente. Un Estado que solo mide corre el riesgo de olvidar que la educación no se sostiene únicamente con indicadores, sino con maestros vivos, sensibles, formados, responsables y profundamente humanos.
Al final, los estudiantes olvidarán muchas fechas, fórmulas, teorías y contenidos; pero rara vez olvidarán al maestro que los hizo sentirse capaces, escuchados y valiosos. Tampoco olvidarán al docente que les exigió con amor, que les corrigió con firmeza, que creyó en ellos cuando nadie más lo hacía. Y quizá allí, precisamente allí, habita todo aquello que ninguna evaluación de desempeño podrá medir jamás: el alma invisible del maestro, esa que no siempre se ve, que no siempre se premia, que no siempre se registra, pero que tantas veces sostiene la escuela, salva vidas y mantiene encendida la esperanza de un país.