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Honorables que no honran

La palabra “honorable” posee un peso histórico y moral demasiado grande para ser utilizada a la ligera. No nació como un simple protocolo político ni como una decoración institucional colocada delante del nombre de un funcionario público. Llamar honorable a un legislador implicaba, originalmente, reconocer en él prudencia, dignidad, responsabilidad pública y compromiso genuino con las necesidades del pueblo. El honor no estaba en ocupar el cargo; estaba en merecerlo. Por eso resulta tan preocupante cuando algunos diputados parecen olvidar que fueron elegidos para tres funciones esenciales: legislar, fiscalizar y representar. No para producir titulares vacíos ni propuestas superficiales destinadas únicamente a generar ruido mediático.

La reciente intención del diputado Nicolás Hidalgo de promover un proyecto de ley para descontar salarios a los maestros cuando realicen protestas no solo revela una comprensión limitada de la complejidad educativa dominicana, también desnuda una preocupante pobreza de visión política sobre el verdadero rol de un legislador.

Porque históricamente los docentes dominicanos no han levantado la voz únicamente por reivindicaciones salariales, sino también frente al abandono estructural que durante años muchos actores políticos han preferido ignorar. Por esta razón, hay maestros que han protestado por la dignidad misma de la escuela pública, por los niños que reciben docencia en espacios indignos, por aulas deterioradas, por centros educativos improvisados, por comunidades olvidadas, por estudiantes que merecen condiciones humanas para aprender. En muchos casos, los maestros terminan siendo la única voz organizada capaz de denunciar realidades que afectan directamente a familias enteras que no poseen sindicatos ni plataformas de presión social. Y eso, guste o no, también forma parte de la democracia.

La propia Constitución Dominicana reconoce el derecho a la protesta, a la libertad de expresión y a la organización social como garantías fundamentales dentro del Estado democrático y social de derecho. Pretender reducir toda manifestación docente a un simple acto sancionable económicamente es desconocer no solo la complejidad del conflicto educativo, sino también la dimensión constitucional y humana de la protesta social.

Resulta inevitable entonces preguntarse: ¿dónde ha estado la voz firme de este legislador frente a las verdaderas tragedias del sistema educativo? ¿Dónde están sus grandes proyectos de transformación educativa? ¿Dónde han estado sus esfuerzos de fiscalización frente a escuelas deterioradas, posibles irregularidades administrativas, abandono estructural o precariedad institucional?

Señor “honorable”, fiscalizar no consiste únicamente en aparecer en ruedas de prensa o producir propuestas mediáticas. Fiscalizar implica enfrentarse a las estructuras de abandono, exigir transparencia, cuestionar el deterioro institucional y defender con valentía los derechos de las comunidades que confiaron en esa representación. No olvide señor legislador, que su misión implica comprender las heridas profundas de la sociedad y producir respuestas serias ante ellas. Pero comprender exige profundidad intelectual y compromiso humano… y la profundidad rara vez produce titulares rápidos.

El filósofo Hannah Arendt advertía que uno de los grandes peligros de la política moderna era la banalización de la responsabilidad pública. Porque honestamente, cuesta recordar alguna posición verdaderamente trascendente de este diputado en defensa profunda de la provincia Duarte o de las grandes problemáticas sociales de la región. No se le conoce una labor legislativa especialmente transformadora, ni una fiscalización firme frente a los males históricos de nuestras instituciones, ni una representación política que haya marcado significativamente la voz del pueblo. Y quizá precisamente por eso aparece ahora esta propuesta descabellada: porque en tiempos donde la política también se ha contaminado del espectáculo, algunos descubren que incluso el absurdo puede servir para llamar la atención pública, aunque sea a costa de atacar a quienes diariamente sostienen una de las tareas más difíciles de la sociedad: educar.

Pero mientras algunos producen discursos punitivos desde la comodidad de la política, miles de docentes continúan entrando cada mañana a aulas cargando sobre sus hombros problemas que muchas veces el propio Estado no ha sabido resolver: hambre, abandono familiar, violencia, pobreza emocional, pérdida de hábitos de lectura, adicción digital, crisis de valores; mientras parte de la política continúa apostando más al clientelismo, la obediencia partidaria y el ruido mediático que a la construcción de pensamiento y compromiso social.

No se trata de justificar toda protesta, ni de negar que la educación necesita continuidad y responsabilidad; pero reducir el debate educativo a descuentos salariales es una visión peligrosamente pobre del problema. La crisis educativa dominicana no se resolverá castigando maestros mientras continúan intactas las estructuras de abandono, improvisación y desigualdad que afectan profundamente al sistema.

El filósofo Paulo Freire sostenía que educar es un acto profundamente político porque implica decidir qué tipo de sociedad queremos construir. Y precisamente ahí radica la gravedad de propuestas como esta: revelan una visión de la educación basada más en control y castigo que en comprensión y transformación.

Creo sinceramente que, tal vez el verdadero problema de nuestro tiempo es la abundancia de cargos ocupados por personas que olvidaron la grandeza moral de la función que ejercen. Porque un verdadero representante no es quien fabrica enemigos fáciles para ganar atención momentánea. Un verdadero legislador es quien tiene la valentía de incomodar al poder defendiendo las causas profundas del pueblo.

Amigo lector, estoy convencido de que el verdadero honor no se proclama desde una curul ni se imprime en un membrete institucional. El honor se demuestra teniendo la valentía de representar al pueblo incluso cuando eso incomoda al poder, al partido y al espectáculo político. Pero también creo que la gran tragedia de nuestro tiempo es que abundan los cargos honorables, pero cada vez más escasean los hombres capaces de honrarlos. Porque al final, el problema nunca ha sido ocupar una curul, el verdadero problema es no estar moralmente a la altura de ella.