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Editorial de NTN: "Buenos y verdaderos dominicanos"

La historia dominicana tiene momentos que no solo se recuerdan: se sienten.

Uno de ellos es la Intervención estadounidense en la República Dominicana de 1965, un episodio que marcó profundamente el rumbo político, social y hasta psicológico del país.
El 28 de abril de 1965, en medio de una guerra civil provocada por el intento de restaurar el gobierno constitucional de Juan Bosch, tropas de Estados Unidos desembarcaron en territorio dominicano. La justificación oficial fue evitar una supuesta expansión del comunismo en el Caribe, en pleno contexto de la Guerra Fría. Sin embargo, para muchos dominicanos, aquello fue una violación directa a la soberanía nacional.
Las imágenes de soldados extranjeros patrullando las calles de Santo Domingo no solo evidenciaron la fragilidad institucional del país en ese momento, sino también una realidad incómoda: la influencia determinante de potencias extranjeras en los asuntos internos de naciones más pequeñas.

Aquella intervención no fue un hecho aislado, sino parte de una larga historia de injerencias en América Latina.

Hoy, más de medio siglo después, las implicaciones de 1965 siguen presentes. En lo político, dejó una herencia de desconfianza hacia las intervenciones extranjeras, pero también consolidó una cultura de dependencia en ciertos sectores del poder. En lo social, alimentó un nacionalismo que, aunque necesario, a veces se expresa desde la herida y no desde la construcción.

Además, este evento obligó al país a redefinir su democracia. La estabilidad que vino después no estuvo exenta de cuestionamientos, y muchos analistas consideran que el trauma de la intervención influyó en la forma en que se estructuró el poder en las décadas siguientes.
Pero quizá la lección más importante de 1965 es la necesidad de fortalecer nuestras instituciones.

Ninguna nación es verdaderamente soberana si no tiene la capacidad de resolver sus conflictos internos sin intervención externa.

La República Dominicana ha avanzado, sí, pero aún enfrenta retos en términos de transparencia, equidad y participación ciudadana.

Recordar 1965 no debe ser un ejercicio de resentimiento, sino de conciencia. Es entender que la soberanía no se proclama, se construye día a día.

Y que la historia, cuando se ignora, tiene la costumbre de repetirse.

Hoy, más que nunca, el país está llamado a mirar hacia atrás con madurez, para caminar hacia adelante con firmeza. Porque UNA VERDADERA INDEPENDENCIA no solo se defiende: debemos exigirla todos los días como BUENOS Y VERDADEROS DOMINICANOS.